Bienaventurados los que hacen la paz

En Mateo 5 al 7 tenemos el registro de lo que se conoce como el Sermón del Monte. Este sermón predicado por Jesús es bastante conocido, sin embargo, muchas veces es mal comprendido y, más triste aún, es poco aplicado.

El Sermón del Monte empieza con las Bienaventuranzas que, más que ser una lista de virtudes, describen el carácter del cristiano integral.

Pienso que la séptima bienaventuranza es muy pertinente para el tiempo en el que vivimos en nuestro país. Jesús dice: «Bienaventurados los que hacen la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:9).

Lo primero que salta a la vista es la palabra bienaventurado, que podría traducirse también como «sumamente dichosos».  Jesús dice que los que hacen la paz (o los pacificadores) son sumamente dichosos. Pero hay una pregunta que debemos contestar primero: ¿Qué es la paz?

Muchas veces pensamos que la paz es la ausencia de conflictos. Por ejemplo, se dice que tal y cual están en paz porque no están en guerra. Sin embargo, la paz es mucho más que ausencia de conflicto. La paz es un estado de plenitud, de armonía.

¿Cómo podemos alcanzar esta paz? Bueno, al estar todas las bienaventuranzas relacionadas, podemos trazar un camino que nos llevará a conseguir la paz.

En primer lugar, para conseguir la paz se requiere admitir la pobreza de espíritu (Mt. 5:3). Eso significa que aquellos que reconocen su miseria espiritual, que reconocen cuán fragmentados están por causa de sus pecados, buscarán a Jesús para ser restaurados. Este es el primer paso, el paso necesario para alcanzar la paz.

En segundo lugar, una vez que se reconoce la pobreza y necesidad espiritual, se llorará por el pecado (Mt. 5:4). Este llanto es fruto del dolor causado por la compresión de nuestra propia maldad contrastada con el amor, la bondad y la misericordia de Dios. Vemos tan claramente nuestra inmundicia contrastada con la santidad de Dios, que somos llevados a llorar por nuestra maldad.

En tercer lugar, los que reconocen su necesidad espiritual y lloran por sus pecados, serán humildes o mansos (Mt. 5:5). Son mansos porque no tienen una alta autoestima, al contrario, reconocen muy bien su gran necesidad espiritual.

En cuarto lugar, los pobres en espíritu, los que lloran por sus pecados, los mansos, tendrán hambre y sed de justicia (Mt. 5:6). Pero esta justicia no es la humana (que generalmente es la defensa de una determinada ideología), sino la divina que, en la Biblia, se presenta en cuatro sentidos:

(a) La justicia personal (santificación), que implica apartarnos de nuestro pecado y volvernos más como Jesús. Nos lleva a orar para que el Espíritu de Dios nos haga más puros y limpios (ver Mt. 5:8).

(b) La justicia ajena (justificación), que es la justicia de Cristo, que se nos otorga cuando creemos en él para salvación. La justificación borra todo nuestro pecado y culpa, y nos hace aceptos delante de Dios (Ro. 5:1).

(c) La justicia social, que es la que busca la purificación de la sociedad según la Palabra de Dios y no según la agenda humana. El pueblo de Dios no es individualista. No nos retiramos del mundo y esperamos que nos dejen solos. Estamos dispuestos a participar en cualquier acción que promueva el Reino de Dios en esferas como la familia, la economía, la educación, la política, las artes, la salud, etc.

(d) La justicia futura (o escatológica). Mientras los discípulos oran y sirven para promover la justicia de Dios en la Tierra anticipan algo que apenas está en el horizonte, algo que no es, pero que un día será. Tenemos hambre y sed por el día en que Jesús regresará y renovará el cosmos. Entonces nuestro gran enemigo será destruido (Satanás) y la justicia de Dios cubrirá toda la tierra, de hecho, cubrirá a toda la creación.

Esta justicia multifacética, se expresa de una manera bien concreta en las palabras que Jesús pronuncia en el verso 9: «Bienaventurados los que hacen la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt. 5:9). Notemos que la tercera bienaventuranza (Mt. 5:5) nos lleva a la séptima (Mt. 5:9). Los mansos se convierten en pacificadores porque saben que no tienen mérito alguno. Los mansos dejan de promocionarse a sí mismos, dejan de aferrarse a privilegios y al reconocimiento. Cuando dejan de exigir, la paz tiende a emerger, pues la mayoría de las luchas surgen de la autoafirmación de las personas.

La pacificación tiene aspectos internos y subjetivos. Las inseguridades y las preocupaciones destruyen la paz. El descontento perturba la paz. La envidia perturba la paz. Cuando intentamos leer los pensamientos de otras personas, se interrumpe la paz. Intentar adivinar los motivos que mueven a los demás es una forma excelente de trastornar nuestra paz, especialmente porque a causa de nuestros impulsos perversos, tendemos a hacer las conjeturas más negativas y autodestructivas.

El deseo por alcanzar justicia nos debe llevar a la buscar la paz y no a la violencia y destrucción. Cualquiera que diga que la paz solo se alcanza cuando vencemos al adversario, solo estará promoviendo imponer una determinada ideología por la fuerza. Los verdaderos pacificadores, tal como Jesús los describe en el Sermón del Monte, son aquellos que vuelven al evangelio y este precioso evangelio, a su vez, es el único camino que nos lleva de vuelta a Jesús. Los verdaderos pacificadores, dice Jesús, «serán llamados hijos de Dios». ¿Cómo quieres ser llamado?

Juan Pablo

 

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Pastor, plantador de iglesias y profesor de teología. Me apasiona predicar las buenas nuevas de salvación en Cristo Jesús, estudiar y enseñar acerca de las bellezas de la Palabra de Dios.

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